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Puerta del Sol






Abandona esta plaza por el arco diagonalmente opuesto al de Cuchilleros, allí encontrarás la calle de la Sal, luego la calle de Postas y finalmente la calle Mayor que te llevará a la Puerta del Sol.

Ya es medio día y el sol castiga con sus rayos. Aquí en el centro de la villa cientos de vecinos muestran su rabia y maldicen a los gabachos. De repente la plaza queda sellada en todas sus salidas por un gran número de soldados imperiales. ¿Qué ocurre? No atacan, permanecen quietos e impasibles evitando que ningún madrileño pueda abandonar la plaza.

Un silencio sepulcral lo inunda todo, se escuchan cascos de caballos, el trote cada vez es mas intenso y cercano. Con una perfecta coordinación militar los soldados se apartan y comienzan a entrar en la plaza una división de caballería. Son los temidos mamelucos, sanguinarios soldados egipcios que sirven a Napoleón. Atacan con una violencia inusitada, degollando con sus sables curvos a hombres, mujeres y niños. Cada madrileño caído sirve de aliento al resto para atacar con más fiereza al invasor. Es una lucha desproporcionada, caballos, sables y carabinas contra palos, navajas y algún trabuco. Aún así puedes contar algunos cadáveres enemigos esparcidos por el suelo.

¿Pero, dónde está el cobarde ejército español? ¿Tienen alma esos bastardos? ¿Van a consentir esta cruel masacre?

En la fachada del edificio de la Real Casa de Correos (la que es coronada por el reloj de la Puerta del Sol), a la derecha de la puerta principal puedes ver una placa que honra a los valientes que “riñeron en este lugar”. El año en que se erigió esta placa es la llave para escapar de la sangría de la Puerta del Sol.








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